Shakespeare and Company, librería y café

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En aquellos días no había dinero para comprar libros. Yo los tomaba prestados de Shakespeare and Company, que era la biblioteca circulante y librería de Sylvia Beach en el 12 de la rue L´Odéon. En una calle que el viento frío barría, era un lugar caldeado y alegre, con una gran estufa en invierno, mesas y estantes de libros, libros nuevos en los escaparates, y en las paredes fotos de escritores tanto muertos como vivos.

Ernest Hemingway

La primera vez que fui a Shakespeare and Company canté While My Guitar Gently Weeps de The Beatles. Había libros, había un piano, había notas que colgaban de las paredes. Había fotos, habían unos labios pintados en una factura de algún bar de Saint Michel. Scott y Zelda Fitzgerald tenían una guitarra, estaban ebrios y cantaron junto a nosotros.

Shakespeare and Co es una librería y biblioteca especializada en literatura anglosajona. Está ubicada en el quinto distrito de París, conocido como el Barrio Latino. Su establecimiento, antiguamente situado en la Calle Odeón, recibió a personajes destacados en la historia de la literatura como Ernest Hemingway, Ezra Pound, F. Scott Fitzgerald, Gertrude Stein y James Joyce, quienes podían tomar cuantos libros quisieran y pagar “cuando les fuera bien”.

El centro de la cultura-anglosajona en París perteneció por un gran tiempo a Sylvia Beach, editora de Ulises, la reconocida novela de James Joyce. A los ojos de Hemingnway, Sylvia era una mujer amable. Él mismo cuenta que nadie le había ofrecido nunca tanta bondad como ella.

Su afabilidad pude comprobarla cuando al subir al segundo piso de la biblioteca-librería me encontré con muebles vestidos como camas y listos para albergar a los viajeros a cambio de un poco de trabajo en el lugar. Ese día supe que no había otro sitio como ese en París y que estaría volviendo frecuentemente.

El café

Al lado de la librería se encuentra el café que lleva el mismo nombre. Un local pequeño en el que probé un chocolate caliente que repetiré sin duda alguna. Allí compartí una mañana con Yukiko, la petite japonaise à Paris y me dejé encantar por los árboles de hojas rosadas que se encuentran afuera del lugar y que puedes apreciar desde sus ventanas.

Su dirección es la 37 Rue de la Bûcherie y allí encontrarás una silla, un café caliente y una vista hacía la catedral de Notre Dame para descansar los pies después de un paseo por el Sena. O bien, ahí podrás leer tu nueva adquisición literaria, asistir a un concierto íntimo o a la lectura de algún libro interesante.

El chocolate caliente cuesta 4 euros y si eres vegetariano debes saber que hay opciones para ti.

Mesas y bancos de madera, café artesanal, galletas, tortas, bagels, libros y una luz inspiradora que te hará volver sin duda alguna.

Metro: Cluny – La Sorbonne / Línea 10.

RER B: Saint Michel- Notre Dame.

El Barrio Latino de París

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«Atravesaron la ciudad en zigzag, bajo la favorecedora luz de la tarde. Las parisinas, ya bellas de por sí, lo eran más aún entonces».

«El restaurante donde les llevó Claire, en las calles estrechas del Barrio Latino, era exiguo y hervía de actividad, con las paredes recubiertas de baldosas marroquíes. Sentado junto al ventanal, Mitchell veía pasar a la multitud por la calle. En un momento dado, una joven de unos veinte años, con el pelo cortado a lo Juana de Arco, pasó justo por delante del ventanal. Cuando Mitchell la miró, ella hizo algo asombroso: le devolvió la mirada. Con una expresión abiertamente provocativa. No es que quisiera acostarse con él, no se trataba de eso. Sencillamente, estaba encantada de reconocer, aquella tarde de finales del verano, que él era un hombre y ella una mujer, y que, si él la encontraba seductora, a ella le parecía estupendo. Una americana jamás habría mirado así a Mitchell».

La trama nupcial de Jeffrey Eugenides

            Pisar las calles del Barrio Latino de París es reconstruir la historia. Una pequeña plaza como intersección entre dos calles fue protagonista de numerosas protestas y revueltas sociales. Gases lacrimógenos y gestos de policías irritaban los ojos de los estudiantes, y justificaban una de sus grandes aficiones, defender y exigir lo necesario. ¿La segunda? Expresar sus percepciones a través del arte, por lo que caminar sin destinación fija en este distrito parisino es, se quiera o no, deambular sobre las huellas de artistas, escritores, poetas, bailarines y músicos.

Sus bistró, diseñados para acoger mesas circulares de apenas unos sesenta centímetros, acompañadas por una o dos sillas dependiendo del lugar, son lugares de reunión para muchos artistas franceses.

En Cluny se respira intelectualidad. Una plaza llena de sembradíos florales alberga la estatua de Montaigne, escritor, humanista, moralista del Renacimiento y padre del género Ensayo. Allí las librerías son numerosas y los libros están seleccionados por su género en diversos cajones o maletas que en otras épocas eran utilizadas para viajar.

El costo de estos varía de lugar en lugar y se pueden conseguir grandes ejemplares a 0,20 euros en un establecimiento que recupera obras literarias y vinilos usados y los revende a precios bajísimos.

La Sorbona está a unas pequeñas cuadras de distancia. Es un edificio que data de 1257 y sus pasillos tienen un color opaco que no esconden su edad. Su luz amarilla, sus espacios encerrados por puertas antiguas y sus largos pasillos tienen consigo algo fantasmal. Hay una imponencia implícita cuando caminas. ¿Será por el hecho de haberme imaginado a Marie Curie, después de haber sido aceptada como la primera mujer profesora en esta institución, deambulando entre las escaleras con la victoria metida en los ojos?

 

 

Imposible no pensar en Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir y Victor Hugo. Y sus alrededores, los alrededores de La Sorbonne, llenos de parisinas jovencísimas, pálidas como un cristal de hielo y con sus rubores que resaltan todo en sus caras. No necesitan más, solo el color rosado que parece emerger naturalmente de ellas y que al atravesar la ciudad en zigzag como en la Trama Nupcial de Eugenides se vuelven más bellas bajo la luz de un sol que no quema en el Barrio Latino.

Visitar este lugar es eso, sentirte mucho más joven, intelectual, artista, rebelde o simplemente un peatón que observa y rememora.

 

Pero allí también hay un espacio para los muertos. Te encontrarás en una de sus tantas calles con el Panteón, palabra griega que significa “todos los dioses”, en este caso los dioses de la literatura francesa, artes y ciencias. Este mausoleo fue el primer monumento de importancia de París y en él reposan grandes artistas y pensadores de la República, como Voltaire, Rousseau, Honoré Mirabeau, Marat, Victor Hugo, Émile Zola, Jean Moulin, René Descartes, Louis Braille y el arquitecto Soufflot, padre de esta maravilla.

 

Si vienes a París visita el Barrio Latino, duérmete leyendo un libro en un mueble de Shakespeare and Co, prueba la comida libanesa en las callecitas empedradas de Saint-Michel y hojea las revistas y libros antiguos acomodados en pequeñas estructuras verdes al lado del río Sena.

Las fotografías que acompañan al texto fueron tomadas en diversos sitios del Barrio Latino, no necesariamente son los lugares exactos de los que se habla.